Despertar muy temprano en Fancourt (George Town SA), en un cuarto muy cómodo y elegante, donde cada detalle estaba estudiado para que realmente fuera un placer la estadía, fue una gran oportunidad de ver, sentir y oír un amanecer africano, lleno de cantos de pájaros extraños, enclavado en un campo de golf que ya se intuía fantástico, y claro, con un frío que más que sospechoso parecía imposible para quien en su infinita ignorancia pensaba que Sur África no podía ser distinta de la siempre calurosa Sabana Africana que aparece en las películas. Al ver que nada era como lo había imaginado, cuando vi la primera luz, a las 5:10 a.m., me levanté a dar un paseo y claro, fue ahí cuando descubrí el hermoso campo, los sonidos y sobretodo el penetrante frío que me mandó directamente a la cama a esconder el insomnio en un libro, hasta que fuera una hora decente para ir a desayunar.

El haber escogido la opción que me dio Diners de quedarme viajando por varias de las ciudades de ese país y el hecho que en este complejo golfístico quedase el laboratorio de Taylor Made para África, me hicieron tomar una terrible decisión: no llevar mis propios palos… este hecho me convirtió en un caso único dentro del torneo y claro, fui continuo objeto de diversión entre profesionales y aficionados (¿quien viaja medio mundo a un torneo de golf sin sus palos?). Aunque lo resolví con algún éxito (claro que no habían palos Taylor para alquilar) y pude estar en el “tee” del 1 a la hora señalada para conocer el primero de los tres campos que íbamos a tener el placer de jugar, no faltó quien el último día siguiera con el chiste, aunque a su vez me valió la amistad con los peruanos quienes me dejaron una botella de Pizco que parece muy bueno, aunque me reservo su calificación hasta probarlo.

Entre los seis integrantes de la delegación colombiana y dos profesionales puestos por la organización del torneo, se hicieron dos equipos para jugar la modalidad de “scramble ball”, escogiendo en cada hoyo las dos mejores bolas con ventajas. Explico esto porque inclusive el día de práctica donde empezó la camaradería y diversión, se aprovechó para planear estrategias y sobretodo, descubrir que el golf en Fancourt no se parece a nada a lo jugado anteriormente porque a la dificultad de un campo bien diseñado y a la ansiedad de jugar en todo nuevo campo se le unió un viento chocarrero y helado que hicieron de esta una vivencia insuperable y, me atrevería a decir, que así sería  para cualquier golfista, algunos no me creerán, pero las ráfagas de viento lo empujaban a uno antes de potear.

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Para no aburrirlos con detalles de los campos, entiendo que todos son diseño de Gary Player, son par 72 y tienen pasto kicuyo y Greens de Bent Grass y todos están clasificados entre los mejores 10 de Sur África y dos de ellos han ocupado el primer puesto en más de una ocasión, pero sobretodo, guardan una similitud, desde mi punto de vista más importante que todas las anteriores, se trata de un respeto y cuidado hacia sus campos que yo no había visto nunca, y que es más parecido al cuidado que se puede tener en un espacio pequeño por un amante de la jardinería. Nuestro profesional, Jeff Pinsent, me hizo caer en cuenta de la forma en que cortan el pasto y refilan los bordes de caminos, trampas y greens, el estado de la arena, la decoración con flores, árboles, ríos y lagos e inclusive casas y otras construcciones que en vez de chocar con el paisaje lo realzan y lo hacen agradable y por último, este amor y respeto por el campo de los que hablaba, se ve claramente en los caddies que tienen una forma de arreglar los bunkers que no se limita a corregir las huellas, sino que borran cualquier vestigio para que el golfista siguiente no encuentre problemas adicionales, opinan con respeto sobre caídas y palos a usar, conocen a fondo sus campos y especialmente, trabajan con una actitud tan positiva que pronto se hicieron parte del equipo -tanto que aprendieron a celebrar en español-, estilo que les ha valido la calificación, en más de una publicación, como los mejores de África.



El primer día jugamos en Outeniqua, que debe su nombre a las montañas a cuyas faldas está construido, fue como lo dije antes una experiencia de camaradería con compañeros (Enrique Riveros y Carlos Plaza) y caddies y en el caso personal, fue el ambiente perfecto para quemar los errores propios de la ansiedad de jugar en tan bonitos y lejanos campos.

Yo sé que esto suena demasiado, pero no se imaginan la comida que servían en este hotel y a través de Sur África en general, una variedad inigualable de carnes de los más diversos animales (todo tipo de antílopes y ciervos, cocodrilos y claro hasta ovejas, marranos y vacas) hacían de cada sentada toda una experiencia y fue así como después de cada 18 hoyos llegábamos a un festín gastronómico preparado por nuestros anfitriones que de verdad, no les puedo describir y que además se repitió durante toda nuestra estadía e incluso, en las noches, se mezcló con fiestas y espectáculos tradicionales, muy puntuales y por suerte hasta temprano.

El Pro-Am en propiedad comenzó el segundo día, teniendo como escenario a Montagu y el nerviosismo que realmente  no teníamos afloró en el momento en que vimos (porque no crean que fui el único) que fotógrafos y anunciador hacían de este un torneo muy especial y claro, los errores del día anterior no fueron suficientes y surgieron de nuevo, en mi y, porque no decirlo, en todo el equipo por lo que al final del día todo parecía terminado, por suerte, en cambio el otro equipo colombiano (Roberto Pedraza, Clara Inés Hoyos y Andrés Forero con el profesional Phil Harrison) compartía la punta con los locales, lo que puso aún más sabor a algo ya bastante condimentado.

Para la final reservaron posiblemente el más famoso de los tres campos, The Links, donde desde la entrada todo recuerda que se jugó la Presidents Cup del 2003 y donde mi caddie, me había pedido una caja (de 12 bolas claro) adicional, lo que obviamente también me asustó, pero donde, contra todo pronóstico, jugamos un gran golf como equipo, por todo el campo, pero especialmente en hoyos acertadamente nombrados: como long drop h2, calamity h3 y wetland h5 por nombrar solo unos pocos; lo que nos llevó a meternos incluso en el podio durante un buen rato (no al final claro), en fin, para resumirles fue un día emocionante donde por un golpe el otro equipo colombiano, perdió el título contra los Sud Africanos, pero donde nadie se divirtió tanto en la comida de premiación como nosotros los colombianos.

No me gustaría despedirme sin contarles que uno de los grandes problemas de los golfistas está resuelto en este sitio, pues se pueden ir a jugar tranquilos porque existen cualquier cantidad de actividades para los acompañantes que van desde pasar el día en este estupendo hotel en el spa, o jugando tenis o simplemente caminando y leyendo por una gran cantidad de agradables ambientes, hasta caminatas de ecoturismo, safaris guiados, vuelos en globo o helicóptero, buceo o realmente, casi cualquier actividad que se les ocurra, además, en la mitad del Garden Route, un bellísimo trayecto organizado entre Cape Town y Port Elizabeth para ver todo tipo de paisajes y disfrutar de actividades y buena comida.

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Si bien sé que este artículo parece uno de difusión y venta pagado por Fancourt, la verdad es que no buscaba nada distinto a contarles que asistimos a un torneo que fue un despliegue de organización y atenciones, en unos campos fantásticos por su dificultad, belleza y cuidados y todo esto hizo de este viaje una experiencia divertida, hermosa y única por lo que creo que no me tomo ninguna atribución si recojo la vocería del grupo de invitados para agradecer en general al grupo Diners pero especialmente a las oficinas de Colombia y Sur África, quienes hicieron de esta una gran experiencia para nosotros. Por ello quisiera llamar la atención de los demás golfistas para que no dejen de intentar ganarse este premio que sin importar cual sea su destino durante el 2010 (Dubai o Sur África), promete nuevamente ser una experiencia golfística inigualable.

Juan Carlos Valenzuela M.
Fotos: Lina Margarita Campo (Diners Colombia)