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La creación de la Federación Colombiana de Golf no fue un hecho fortuito ni mucho menos un afán burocrático. Fue el resultado del propio desarrollo que venía teniendo la práctica de este deporte en Colombia. Hacia mediados del siglo pasado ya tenía cuerpo y forma lo que en un principio (1917) era el propósito de un grupo de amigos para practicar en el país un novedoso deporte. En esos treinta y pico de años el golf había avanzado a pasos de siete le-guas con la aparición en varias ciudades de links con especificaciones y exigencias similares a las de los más importantes del mundo y donde se realizaban torneos de tan alta categoría que la prensa les dedicaba espacios mucho más amplios que en la actualidad. Y algo significativo: aparecieron columnistas que informaban en notas breves lo que iba sucediendo en tal o cual certamen golfista. Fueron famosos los que escribían bajo los nombres TNT, DNP y Jeme.

 

"Todos los aficionados al golf están de acuerdo en afirmar que este deporte ha avanzado considerablemente en Colombia; que en los centros golfísticos del país -en Medellín o en Barranquilla, en Bucaramanga, en Cartagena, Barrancabermeja o El Centro- se juega admirablemente y que cada día se registran mayor entusiasmo y más eficiencia entre los innumerables partidarios del golf", escribía Jeme. Por su parte los titulares y los sumarios en los diarios tenían las características tipográficas correspondientes a una noticia de primer orden. Noticia que se seguía de manera diaria a medida que se iba desarrollando tal o cual certamen. Inclusive los diarios contaban con corresponsales especiales para el cubrimiento de los torneos en ciudades distintas de sus sedes.

 

Ese era el ambiente que existía en el escenario golfístico nacional. Estaban dadas las condiciones subjetivas y objetivas para que todos esos logros y esa dinámica dejaran de ser sucesos aislados y más bien convergieran en un solo vértice, en una entidad, una organización con suficiente fuerza legal para darle a la actividad la condición de deporte organizado. Y faltaba el quién, hasta cuando apareció Carlos Castillo de la Parra. Abogado de profesión y socio de toda la vida del Country Club de Bogotá, se lo conoció como Bigotes. Fue golfista, y de los buenos. Pero fue más bueno por fuera de los campos que dentro de ellos: era un líder natural, y no por eso le restaba un segundo a su capacidad de trabajo. Incansable, detallista, cuidadoso, su triunfo como golfista ha sido el más rotundo ocurrido en este deporte, aunque sin palos ni bolas: organizarlo y darle estructura.

 

En diciembre de 1945 el Club Campestre de Cali tenía programado el torneo de golf más importante que se hubiera realizado hasta ese momento en Colombia. Participaban los mejores jugadores de esa ciudad y de Bogotá y Medellín y los argentinos Raúl Posse, Daniel Torrilla, Guillermo Felice, Alberto Serra y Pedro Valdi, radicados en el país como profesores. Con su ojo avizor, Carlos Castillo entendió que allí estaba el caldo de cultivo para sus intenciones de crear una organización de naturaleza nacional que enlazara las distintas entidades que de manera aislada impulsaban el golf. Castillo de la Parra alentó al entonces director de la Federación Nacional de Deportes (hoy Coldeportes), Alberto Nariño Cheyne, para que promoviera una reunión oficial con representantes de los clubes asistentes a tal torneo.

 

Sin mayores dilaciones, dicha entidad gubernamental expidió la Resolución número 3, del 9 de diciembre de 1945, por medio de la cual se citaba a todos los clubes campestres que tuvieran campos de golf a que nombraran delegados a una junta que se iba a realizar en la capital del Valle a las seis de la tarde. Aparte de los representantes del Gobierno estuvieron los delegados Bernardo Rueda (del Country Club de Bogotá), José Durana Camacho, Jorge Calle y Alberto Escallón (del Club Los Lagartos), Rafael Urdaneta Holguín (de San Andrés), Alberto Gamboa Álvarez (del Tropical Golf Club de Barrancabermeja), Pedro Peña S. (del Club Campestre de Bucaramanga), Jaime Sáenz, Julián Posada y Daniel Torrilla (todos del Club Campestre de Medellín) y Jaime Correa López, José Botero Salazar y Alberto Guzmán Candía (los tres del Club Campestre de Cali). El lugar escogido fue el Club Campestre de Cali. Allí, rodeados de flora nativa y enmarcados por reminiscencias de la arquitectura española, se llevarón a cabo las reuniones en las que, al contrario de lo acostumbrado, no hubo rimbombantes discursos ni sesudos debates sobre políticas golfistas. Todo fue manos a la obra y ahí mismo todos también firmaron el acta de constitución de la Asociación Colombiana de Golf. En seguida se nombró un Comité Ejecutivo Provisional y una Comisión encargada de redactar los estatutos. Fue integrada por Carlos Castillo de la Parra y Bernardo Rueda Vargas quien citó a los clubes del país a una asamblea general para nombrar un Comité Ejecutivo de la Asociación y redactar los estatutos. Cada club tenía derecho a dos delegados. El lugar señalado fue el Country Club de Bogotá.

 

Los delegados a la asamblea nombraron el que sería para la historia de Asogolf su primer Comité Ejecutivo con los siguientes cargos y personas: presidente, Carlos Castillo de la Parra; primer vicepresidente, Martín del Corral; segundo vicepresidente, Luis Horacio Gómez; secretario, Alberto Escallón Ortiz; tesorero, Carlos Montoya Restrepo; revisor, Bernardo Rueda Vargas; vocal, Enrique Samper Herrera. Suplentes, Julio Clauser, O. W. Jonson, José Durana Camacho y Rafael Urdaneta. Seis meses después de la primera reunión de la flor y nata del mundo del golf colombiano, el Ministerio de Gobierno le dio personería jurídica a la Asociación Colombiana de Golf, con fecha del 5 de agosto de 1946 y con la firma del ministro Absalón Fernández de Soto y del secretario Enrique Acero Pimentel. Pero el acta de constitución, o sea, el acta de nacimiento, se firmó en la capital colombiana a mediados de 1948.

 

Al principio la sede funcionaba en oficinas alquiladas en un edificio situado en la esquina suroccidental de la Carrera Décima con Calle 20, donde laboraban tres funcionarios: el administrador, la secretaria y el mensajero. A partir de entonces se incrementó la afiliación de nuevos clubes, y además el número de representantes -uno por cada club- hizo difícil la operatividad del comité, por lo cual en una asamblea se decidió reducirlos a cinco en total. A finales de la década de 1960, estas oficinas ya no tenían espacio para darle cabida a la entidad. Se decidió no alquilar otras, sino comprarlas. El lugar adquirido es el mismo donde funciona en la actualidad, Carrera 7.a No. 72-64. La labor de la entidad en sus comienzos no anduvo sobre un tapete de pétalos. Darle vida a una entidad con características muy especiales, como éste del deporte del golf, fue un trabajo de romanos. Hubo que vencer muchos obstáculos. Por suerte los clubes fueron conscientes de esto y prefirieron sacrificar sus propias inquietudes en beneficio de las colectivas. No es una exageración lo de trabajo de romanos si tenemos en cuenta las siguientes tareas que acometió la naciente entidad: Medir todas las canchas del país. Definir los factores de dificultad y sus porcentajes de aplicación (el vuelo de la bola es distinto en la Sabana de Bogotá que a nivel del mar). Precisar los anchos, las ondulaciones y las pendientes de los fairways, la altura de corte de los roughs, la ubicación y frondosidad de la arborización, el número, el tamaño y la localizador de las trampas de arena y de los azares de agua, las especies de grama, la pluviosidad, la temperatura y muchas otras particularidades y características de cada uno de los clubes de golf de Colombia.

 

Y a ello se sumó la reglamentación del sistema de handicap, que se adaptó a la reglamentación estadounidense (por esa época se usaba el sistema argentino, que era copia del inglés). Un hecho crucial en la organización del golf como deporte reconocido oficialmente fue la "nacionalización" de los campeonatos Abierto de Colombia y el Nacional de Aficionados (hoy de Mayores Copa Donovan). Este último es uno de los más antiguos torneos deportivos que se realizan en el país. Pero como no todo era organización, al año de la reunión en el Club Campestre de Cali -exactamente el 30 de noviembre de 1946- la entidad llevó a cabo la iniciativa de traer al país al campeón del Abierto de Estados Unidos Lloyd Mamgrum. Se presentó en el Country Club con Vic Chezzi. Jugaron con Alberto Serra y Guillermo Felice. La tarjeta de juego del as norteamericano marcó un score 30 y 40.

 

No iba a ser la única vez que la agremiación invitara a venir al país a una figura mundial. Así mismo se volvió norma llevar al exterior figuras colombianas de talla mundial. Esto se corrobora con nuestra participación en competencias internacionales para aficionados, como los Centroamericanos y del Caribe, los Bolivarianos, los Panamericanos, el Suramericano Copa Andes y el Campeonato Mundial femenino y masculino y de categorías mayores y juveniles. Así, a pasos grandes pero muy bien dados, la Asociación se transformó en Federación, regida por la Ley 181 de Coldeportes.

 

A los 60 años de su nacimiento legal, Fedegolf ya no tiene que realizar tómbolas ni rifas para sufragar los gastos. Hoy es un titán deportivo que maneja nada menos que 46 clubes, de los más importantes de todos los que hay en el país, y que cuenta con casi catorce mil afiliados.

 

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